Así como en el sistema educativo, igual sucede en el sistema de salud. El conocimiento sobre las enfermedades, vademecum y los tratamientos que antes solo tenían estos profesionales, y solo ellos lo usufructuaban, hoy en día están al alcance del paciente gracias a la internet, la televisión, las redes sociales y la inteligencia artificial. Por eso ahora, estos especialistas, tratan dichas patologías en un contexto donde el paciente, y estudiantes para el caso de la educación, ya vienen informados, a menudo con un arsenal de información que desafía la opinión del profesional.
Hace poco se conmemoró otro aniversario de la muerte del escritor, filósofo y semiólogo Umberto Eco. Encontré en el portal La Nación de Argentina, www.lanacion.com.ar una opinión de este profesor universitario. Allí responde a la pregunta que le hiciera un estudiante "¿Para qué sirven los profesores?". Eco responde con una hermosa carta a los docentes, dedicada para ellos, que ahora nosotros, aprovechando la celebración nacional del "Día del Maestro", la publicamos según los fragmentos resumidos que dicho portal hiciera en su publicación del 21 de mayo de 2007.
¿De Qué Sirve el Profesor?
Por Umberto Eco
Para LA NACION 21 de mayo de 2007
"En el alud de artículos sobre el matonismo en la escuela, he leído un episodio que, dentro de la esfera de la violencia, no definiría precisamente al máximo de la impertinencia... pero que se trata, sin embargo, de una impertinencia significativa. Relataba que un estudiante, para provocar a un profesor, le había dicho: "Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?"
El estudiante decía una verdad a medias, la misma que los mismos profesores dicen desde hace por lo menos veinte años. Y es que antes, por cierto, la escuela debía transmitir formación, pero sobre todo nociones: las tablas en la primaria o, Cuál era la capital de Madagascar, en la escuela media y más tarde, hasta los hechos de la guerra de los treinta años en la secundaria. Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar.
De pequeño, mi padre no sabía que Hiroshima quedaba en Japón, ni que existía Guadalcanal; tenía una idea imprecisa de Dresde y sólo sabía de la India lo que había leído en Emilio Salgari. Yo, que soy de la época de la guerra, aprendí esas cosas de la radio y las noticias cotidianas, mientras que mis hijos han visto en la televisión los fiordos noruegos, el desierto de Gobi, cómo las abejas polinizan las flores, cómo era un Tyrannosaurus rex y finalmente, un niño de hoy sabe todo sobre el ozono, sobre los koalas, sobre Irak y sobre Afganistán. Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época, de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores?
He dicho que el estudiante dijo una verdad a medias, porque, ante todo, un docente, además de informar, debe formar. Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero... ¿por qué algo ocurre siempre ahí desde la época de la civilización mesopotámica y no en Groenlandia? Es algo que solo lo puede decir la escuela. Y si alguien objetase que a veces también hay personas autorizadas en Porta a Porta (programa televisivo italiano de análisis de temas de actualidad), es la escuela quien debe discutir Porta a Porta.
Los medios de difusión masivos informan sobre muchas cosas y también transmiten valores, pero la escuela debe saber discutir la manera en la que los transmiten, y evaluar el tono y la fuerza de argumentación de lo que aparece en diarios, revistas y televisión. Y, además, hace falta verificar la información que transmiten los medios: por ejemplo, ¿quién sino un docente puede corregir la pronunciación errónea del inglés que cada uno cree haber aprendido de la televisión?
Pero el estudiante no le estaba diciendo al profesor que ya no lo necesitaba porque ahora existían la radio y la televisión para decirle dónde está Tombuctú o lo que se discute sobre la fusión fría; es decir, no le estaba diciendo que su rol era cuestionado por discursos aislados que circulan de manera casual y desordenada cada día en diversos medios. Que sepamos mucho sobre Irak y poco sobre Siria, depende de la buena o mala voluntad de Bush. El estudiante estaba diciéndole que hoy existe Internet, la gran madre de todas las enciclopedias, donde se puede encontrar Siria, la fusión fría, la Guerra de los Treinta Años y la discusión infinita sobre el más alto de los números impares. Le estaba diciendo que la información que Internet pone a su disposición es inmensamente más amplia e incluso más profunda que aquella de la que dispone el profesor. Y omitía un punto importante: que Internet le dice "casi todo", salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información.
Almacenar nueva información, cuando se tiene buena memoria, es algo de lo que todo el mundo es capaz. Pero decidir qué es lo que vale la pena recordar y qué no, es un arte sutil. Esa es la diferencia entre los que han cursado estudios regularmente (aunque sea mal) y los autodidactas (aunque sean geniales).
El problema dramático es que, por cierto, a veces ni siquiera el profesor sabe enseñar el arte de la selección, al menos no en cada capítulo del saber. Pero, por lo menos, sabe que debería saberlo; y si no sabe dar instrucciones precisas sobre cómo seleccionar, por lo menos puede ofrecerse como ejemplo, mostrando a alguien que se esfuerza por comparar y juzgar cada vez todo aquello que Internet pone a su disposición. Y también puede poner cotidianamente en escena el intento de reorganizar sistemáticamente lo que Internet le transmite en orden alfabético, diciendo que existen Tamerlán y monocotiledóneas, pero no la relación sistemática entre estas dos nociones.
El sentido de esa relación sólo puede ofrecerlo la escuela, y si no sabe ¿cómo tendrá que equiparse para hacerlo? Si no es así, las 3i de Internet, Inglés e Instrucción, seguirán siendo solamente la primera parte de un rebuzno de asno que no asciende al cielo".
Hasta aquí la carta de Umberto Eco. El célebre semiólogo italiano murió el 19 de febrero de 2016 en su casa de la ciudad de Milán.
De esta epístola podemos extraer ideas interesantes: los maestros hemos estado dando instrucciones todo el tiempo a nuestros alumnos. Esa instrucciones son lo que hoy, en los tiempos de la inteligencia artificial se lo denomina Promt, cosa que ahora la quieren aprender a usar como si fuera la primera vez que apareciera en su historia. Claro está, que en innumerables casos, esas instrucciones muchos maestros no han aprendido a darlas.
En la época de la inteligencia artificial, en la que las máquinas tienen la capacidad de procesar información a ritmos sorprendentes y llevar a cabo labores que anteriormente requerían de una persona, podríamos cuestionarnos: ¿cuál es el propósito de los docentes? Por supuesto, podemos permitir que un algoritmo nos indique lo que tenemos que saber, pero, ¿quién más que un profesor podría enseñarnos las delicadezas de la vida, como el arte de rechazar en el instante apropiado o la útil competencia de localizar un lápiz entre una gran cantidad de papeles desorganizados? En un mundo saturado de datos, estos héroes sin capa nos hacen recordar que el conocimiento no es solamente un cúmulo de respuestas acertadas, sino también una danza de emociones, preguntas y, claro está, ese matiz humano tan insustituible.
Por ende, aunque los robots se vuelven más precisos en la lógica, no olvidemos que la auténtica magia del aprendizaje continúa estando en las manos de quienes saben que aprender es mucho más que acumular información: es un camino repleto de sorpresas y, frecuentemente, con un poco de diversión.
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